Abstención, bulos y mano dura: qué hay detrás del revés de Lula y por qué es posible la remontada
BrasilNéstor Prieto Amador
«Sabíamos que ganar en primera vuelta era difícil, pero no esperábamos perder», confiesan a Público fuentes del PT. El desgaste del petismo se hizo evidente en sus bastiones históricos.
Al empezar el escrutinio del Tribunal Superior Electoral (TSE), el cuartel general del Partido de los Trabajadores (PT), en el Hotel Renaissance de São Paulo, se sumió en un silencio tenso. El cómputo final dejó al ultra Flávio Bolsonaro –hijo del expresidente condenado por intento de golpe de Estado– con el 47,03% de los votos válidos (56,1 millones) frente al 45,16% de Luiz Inácio Lula da Silva (53,9 millones), una brecha de más de 2,2 millones de sufragios. «Sabíamos que ganar en primera vuelta era difícil, pero no esperábamos perder», confiesan a Público fuentes del búnker petista, donde hasta esa tarde reinaba un «optimismo moderado» que dibujaba como peor escenario un empate técnico presidencial y un reparto parejo en el Senado.
Las encuestas anticipaban una campaña cuesta arriba para Lula da Silva, pero ninguna dibujaba este desenlace. A principios de julio, los sondeos concedían al líder del PT casi 10 puntos de ventaja sobre Flávio Bolsonaro. Una distancia que se evaporó hasta el empate técnico en la víspera de las urnas. La última encuesta de Datafolha acertó con Lula —le daba el 45% de los votos válidos y obtuvo el 45,16%— pero falló con su rival: ningún instituto midió el voto útil concentrado en la derecha en la recta final. Fuentes cercanas al partido admiten errores de planteamiento: «La campaña empezó muy tarde y estuvo demasiado centrada en los logros de gestión, pero no era ilusionante», reconocen.
Lula trató de insuflar ánimo a una militancia de rostros desencajados: «A mí me gusta el cuerpo a cuerpo; nunca he ganado una elección en la primera vuelta y esta no será la excepción. Ahora la batalla es directa, de igual a igual, y sabemos cómo luchar», proclamó desde el estrado. Sus tres victorias llegaron en el balotaje, pero la tarea es histórica: desde 1989, ningún candidato segundo en primera vuelta ha logrado remontar en la segunda.
Del algoritmo al pánico moral: las claves de la marea ultra
Detrás del excepcional resultado de la extrema derecha se halla una campaña en redes sociales e Inteligencia Artificial (IA) hiperactiva y pionera, cuyo impacto ha condicionado el debate público. Estos comicios son los primeros en los que la IA generativa irrumpió a escala industrial. Entre el 16 de agosto y el 28 de septiembre, el proyecto VigIA de la agencia Lupa identificó 920 piezas electorales fabricadas o alteradas con IA —casi una por hora—. Seis de cada diez eran deepfakes y una proporción idéntica circuló sin etiqueta sobre su origen sintético. Lula fue la víctima principal de estas manipulaciones, concentrando 379 piezas en su contra, el doble que su rival.
El salto cualitativo respecto a las cadenas de WhatsApp de 2018 radica en la verosimilitud. La agencia Aos Fatos documentó medio centenar de vídeos en TikTok —con más de 7,4 millones de visualizaciones— en los que falsos votantes generados por IA explicaban a cámara sus motivos para dar la espalda a Lula. Aunque Aos Fatos no halló lazos directos con el comando oficial de Bolsonaro, ahí reside la fisura del sistema: tres cuartas partes del contenido sintético fueron difundidas por militantes o perfiles anónimos, fuera de las sanciones administrativas que el TSE reserva a partidos y candidatos.
La otra gran vía fue la suplantación del periodismo profesional. Al menos una treintena de deepfakes pusieron en boca de presentadores de TV Globo —la cadena de mayor audiencia del país— sondeos inventados o informaciones falsas que daban por consumada una prematura derrota de Lula. Una distorsión expandida con rapidez por el ecosistema digital brasileño.
De igual manera, el bolsonarismo explotó la agenda del miedo. Según la firma Quaest, el 28% de los brasileños señala la violencia como el mayor problema del país y el 79% cree que el crimen ha aumentado en dos años. Los registros indican lo contrario —las muertes violentas cayeron un 8,2% en 2025, hasta su mínimo desde 2012—, y en esa brecha entre datos y percepción se instaló la promesa de Bolsonaro hijo de declarar terroristas a las facciones criminales y rebajar la edad penal a los 14 años. Lula quiso evitar que el tema centrase la campaña, pero acabó arrastrado.
Radiografía de un repliegue: abstención y fisuras territoriales
Respecto a la primera vuelta de 2022, Lula perdió porcentaje de voto en 25 de los 26 estados; solo mejoró, y por poco, en Amapá y en el Distrito Federal. Retrocedió incluso en el Nordeste, feudo petista donde el domingo se ganó en todos los estados. En Maranhão, uno de sus bastiones, cedió casi cinco puntos; en el estado bisagra de Minas Gerais, que ha votado al ganador en 12 de las 13 presidenciales desde 1945, Flávio Bolsonaro dio la vuelta al resultado de 2022. Y en São Paulo, Tarcísio de Freitas, aliado del bolsonarismo, revalidó su cargo en primera vuelta con el 62,7% frente al 36,4% del exministro Fernando Haddad, señalado como heredero de Lula.
La abstención añade otra capa. El voto es obligatorio, pero la multa —3,51 reales, poco más de medio euro— apenas disuade. El 21,08% del censo, más de 33,4 millones de electores, se quedó en casa, la tasa más alta en primera vuelta desde 1998. Las mayores ausencias se dieron en el sudeste, que concentra las grandes periferias metropolitanas —23,3% en Río de Janeiro, 22,6% en Minas Gerais, 22,5% en São Paulo—. La abstención se ceba en zonas populares, allí donde Lula vence con claridad a su rival.
Asimismo, el desgaste del PT se hizo evidente en sus bastiones históricos. Aunque Lula logró la victoria en 971 de los 1.000 municipios con menor renta del país, perdió cuota de voto en 954 de ellos respecto a 2022. La cifra refleja una realidad incómoda para el petismo: las zonas de menores ingresos siguen siendo su principal escudo electoral, pero es un escudo erosionado que aguanta sin capacidad de expandirse.
Este repliegue coincide con la capacidad de Flávio Bolsonaro para articular y capitalizar las tres ‘B’ de la extrema derecha brasileña: Biblia, buey y bala. La candidatura ultra hegemonizó el voto evangélico —donde la última encuesta de AtlasIntel otorgaba a la candidatura de Bolsonaro un abrumador 62,7% frente al 20,8% de Lula—, arrolló en el interior agrícola del Sur y el Centro-Oeste respaldado por el agronegocio, y rentabilizó la agenda de mano dura ante la inseguridad.
El mapa del poder: hegemonía conservadora en el Congreso
El avance ultra no se limita al Palacio del Planalto. El PL de la familia Bolsonaro obtuvo 121 de los 513 escaños de la Cámara de Diputados, la mayor bancada de un solo partido desde 1990. En el Senado, donde se renovaban 54 de los 81 escaños, la derecha ganó alrededor de 33 y el PL será la primera fuerza, con 28 senadores. El bloque conservador tendrá mayoría absoluta —entre 44 y 49 senadores, según la adscripción—, quedando muy cerca de los 54 votos (dos tercios) necesarios para destituir a un juez del Supremo, objetivo convertido en bandera por el bolsonarismo.
En el entorno del PT preocupa que el siempre maleable «centro político» brasileño sucumba ante las presiones ultras en el Senado, como ocurrió en la destitución de Dilma Rousseff. La amenaza de un impeachment contra Lula en caso de ganar o de forzar vías legislativas para anular las condenas e inhabilitaciones de Jair Bolsonaro son «muy reales», señalan.
Flávio Bolsonaro encara la segunda vuelta del 25 de octubre como favorito, aunque el trasvase de votos no será automático. El escritor Augusto Cury (Avante), tercero con casi el 3%, Renan Santos (Missão) y Ronaldo Caiado (PSD), con algo más del 2% cada uno, suman unos siete puntos. El PSD de Caiado se ha declarado neutral y libera a sus directorios, mientras Renan Santos rechazó en campaña apoyar a Bolsonaro hijo incluso en un balotaje.
En los corrillos de Brasilia y São Paulo se respira la convicción de que únicamente un giro imprevisto, una ‘bomba’ política de última hora, podría alterar esta inercia. Las expectativas se concentran en las ramificaciones del expediente Banco Master —la macrocausa por fraude y tráfico de influencias donde la Policía Federal indaga si su antiguo dueño pagó favores políticos, financió la película biográfica de Jair Bolsonaro y mantuvo lazos sospechosos con Bolsonaro hijo—, o bien en la eclosión inesperada de algún otro proceso que hoy dormita en los tribunales.
La estrategia de la remontada: la apuesta de Lula por la esperanza
El comando de campaña del PT ha trazado un plan con tres apuestas. La primera es aritmética, más que seducir al votante de centro, se trata de devolver a las urnas a los electores de baja renta del Nordeste y de las periferias de São Paulo, Río y Belo Horizonte que se quedaron en casa. La segunda es material, el discurso dejará los consensos institucionales por compromisos tangibles, con anuncios para aliviar el endeudamiento familiar, contener el precio de los alimentos y subir el salario mínimo real. No obstante, dentro del equipo admiten que no bastará con la inercia de anunciar nuevos programas sociales como se hizo en las semanas previas, sino que la clave absoluta reside en movilizar activamente a quienes se abstuvieron. Por último, buscan advertir al votante moderado con una advertencia sobre el riesgo de concentrar la Presidencia y el Congreso en manos de la ultraderecha, con la amenaza de un indulto a los condenados por la trama golpista que culminó en el asalto del 8 de enero de 2023.
Remontar exige reconstruir la mística de la candidatura entre unos sectores populares que hoy se sienten ajenos a la gestión institucional. «No es tampoco imposible, no es irremontable», sostienen desde el cuartel general petista que marca la hoja de ruta para la batalla final.
Desde que Trump regresó a la Casa Blanca, la derecha ha ganado las siete presidenciales celebradas en América Latina. Brasil, la mayor economía de la región, decidirá el 25 de octubre si se convierte en la octava.