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La vorágine del agotamiento y la lucha: un retrato del voto de las mujeres jefas de hogar en Brasil

Artigos Brasil

Por Eros Nascimento y Paulo Bracarense

Artículo 2 de 4 sobre el libro «El nuevo perfil electoral de Brasil: cómo piensa y cómo vota el brasileño».

“Hay días en que uno se siente
Como quien se ha marchado o ha muerto
Nos detuvimos de repente
¿O fue el mundo el que creció?
Queremos tener voz propia
Y decidir nuestro destino
Pero entonces llega la vorágine
Y se lleva el destino lejos.”

Roda Viva – Chico Buarque (traducción libre)

 

Son las cinco y media de la mañana cuando Juliana sale de casa. Deja a su hijo de tres años con su madre, que tiene hipertensión y ya no puede subir las escaleras, y comprueba en el teléfono móvil si el mayor, de quince años, respondió al mensaje de la noche anterior: en el barrio, el toque de queda no lo decreta el ayuntamiento, sino la violencia del crimen organizado. Trabaja por cuenta propia desde que la guardería comenzó a cerrar a las cinco y su empleador se negó a adaptar su horario. Al final del día, en el supermercado, un billete de cien reales no alcanza para comprar lo necesario y el carrito vuelve medio vacío. Juliana tiene 34 años. Mantiene su hogar, cuida de dos generaciones y, cada dos años, decide su voto. Juliana vive su propia vorágine. Quiere tener voz propia y decidir su destino, y ya no acepta dejarlo a la deriva.

Juliana vota con la cabeza. El suyo es uno de los votos más racionales del electorado brasileño, y lo que le pide a la política es lo más concreto que se puede pedir: un Estado que funcione. El «índice del supermercado» con el que evalúa a los gobiernos no es la vara de medir de un ama de casa; es la auditoría de quien administra, sola, toda una economía de trabajo y cuidados que el Estado debería sostener y no sostiene. Cuando el Estado falla, es ella quien paga, con su tiempo, su salud y sus propios sueños. Y es de ese fracaso, no de la ignorancia ni de la manipulación, de donde nace un voto pragmático capaz de desplazarse de la izquierda a la derecha y viceversa, sin pedir permiso a las ideologías. Está cansada de ser una guerrera: quiere oportunidades iguales y dignas, de carrera profesional, de estudios, de afecto, de maternidad, y una ciudadanía plena que le aporte dignidad y orgullo.

Juliana no existe necesariamente con ese nombre. Sin embargo, su rutina fue recogida en los doce grupos focales de mujeres jefas de hogar que la investigación realizó en todo el país y contrastada con un taller de especialistas y una encuesta nacional. Es una figura compuesta, un tipo ideal, no un promedio. Las mujeres jefas de hogar no forman un bloque homogéneo: constituyen un mosaico estratificado por clase, raza, color de piel, territorio, generación, nivel educativo y religiosidad, sobre el cual la vulnerabilidad incide de manera desigual. Lo que Juliana permite visualizar son los elementos comunes que atraviesan esas diferencias.

De puertas afuera y de puertas adentro

«Antes ibas al supermercado con 100 reales y comprabas muchas cosas; hoy prácticamente no compras nada… La atención sanitaria… es muy precaria… Hace poco mi hijo necesitaba un dermatólogo… y estuvo meses esperando».

— Participantes de los grupos focales de mujeres jefas de hogar

La frase ejemplifica la economía doméstica y el servicio público que no llega; ese es el sentido del «índice del supermercado»: una auditoría de la realidad que confronta la inflación oficial con la inflación vivida. En un país donde, según la FAO, alrededor de 28 millones de personas vivían en situación de inseguridad alimentaria moderada o grave entre 2022 y 2024, bajo un gobierno que convirtió la lucha contra el hambre en una bandera central, la incapacidad de cien reales para proporcionar lo básico es causa y consecuencia de un problema crónico, todavía resuelto solo superficialmente en la sociedad brasileña: el hambre, cuya brutalidad a veces queda enmascarada bajo el término inseguridad alimentaria.

Sin embargo, el supermercado no es el lugar de la mujer. Así como el primer artículo rechazó la caricatura del voto femenino sentimental, es necesario rechazar también aquella que confina a esta electora al papel de ama de casa. Por el contrario, la lista de compras es, para Juliana, uno de los lugares donde se mide al Estado, porque allí se desvanece gran parte del fruto de su trabajo. Quiere un empleo digno, una remuneración justa, una carrera profesional de la que pueda sentirse orgullosa; no por casualidad, el 57,3 % de los encuestados considera que el feminismo es importante para la igualdad entre hombres y mujeres, porcentaje que alcanza el 63,4 % entre las mujeres. Un gobierno puede exhibir una inflación controlada y una caída del desempleo; ella evalúa lo que llega a la puerta de su casa: el precio de los productos básicos, una plaza en la guardería, la prueba médica cuya validez caduca mientras espera en la lista, el hijo que puede ser reclutado o asesinado por el narcotráfico en la esquina. La insensibilidad de quienes celebran indicadores sin comprender esta batalla cotidiana constituye, por sí misma, una humillación, una incapacidad para comprender la gramática más elemental de la vida diaria de esta mujer jefa de hogar.

La memoria de Juliana añade complejidad. Era niña cuando su madre regresaba del supermercado con las bolsas llenas, durante los años de expansión del poder adquisitivo bajo los gobiernos de izquierda, principalmente durante las administraciones de Lula I y II, y no lleva consigo el trauma de la hiperinflación de la década de 1980 como referencia. Sin embargo, compara invariablemente el presente con aquella época dorada del consumo que conoció. El gobierno actual compite, así, con el recuerdo de sus propias administraciones. El relato de que la vida mejoró «de puertas adentro» se convierte en un pasivo electoral cuando el carrito de compras se reduce, y se debilita aún más cuando, de puertas afuera, los servicios públicos siguen sin llegar. El desafío ahora es doble para ella: conseguir mejorar la vida tanto de puertas adentro como de puertas afuera.

Somos guerreras, no herederas: la carga del capitalismo para las mujeres jefas de hogar

«Para tener éxito, tienes que ser heredera o guerrera, ¿verdad? En nuestro caso, somos guerreras».

— Participantes de los grupos focales de mujeres jefas de hogar

El capitalismo, tal como está configurado, transfiere a los hombros de las mujeres el costo de cuidar la vida, y lo hace por razones de género; cuando el Estado falla en la prestación de servicios, se apropia del tiempo y del trabajo no remunerado de estas mujeres. Quizás ningún otro segmento de la población absorba con tanta intensidad los fallos combinados del mercado, de la división sexual del trabajo y de la omisión estatal. La jefatura femenina del hogar no disuelve los roles familiares tradicionales; los intensifica. La mujer pasa a ser responsable del sustento económico, pero sigue siendo la principal encargada del cuidado, de la educación de los hijos y de la gestión del hogar. Juliana cuida de sus hijos, de su madre enferma y, si su trayectoria sigue lo que los politólogos denominan path dependency, es decir, la inercia histórica de la dependencia que estas mujeres necesitan romper para salir del círculo vicioso de las generaciones anteriores, también cuidará de sus nietos. La doble jornada se convierte en triple y, en no pocos casos, en cuádruple. Romper el ciclo heredado de las generaciones anteriores es una tarea de Sísifo: la piedra vuelve al pie de la montaña cada mañana.

El trabajo por cuenta propia no fue necesariamente una elección emprendedora. El empleo formal con contrato y derechos laborales es más seguro, cuando constituye una opción, pero la guardería cierra a las cinco. En los grupos, la elección entre un empleo regido por la legislación laboral brasileña (CLT) y el trabajo autónomo no es, muchas veces, una posición ideológica, sino una estrategia de supervivencia de quien necesita adaptar su horario y disponer de flexibilidad para cuidar de sus hijos, de personas mayores o de personas con discapacidad que a menudo conviven con ella. Juliana valora el trabajo duro y se reconoce con orgullo como una luchadora, pero rechaza la ingenuidad meritocrática: sabe que las mujeres, muchas veces más cualificadas, reciben menos que los hombres por el mismo trabajo, y diagnostica el mercado como un juego amañado. Somos guerreras, no herederas.

Es aquí donde el fracaso del Estado se vuelve particularmente cruel. Cuando faltan la guardería, el transporte o la atención sanitaria, el costo recae sobre ella. La ausencia del Estado no aparece como un concepto; aparece como una fila, una espera, una sobrecarga. Es el Estado que Judith Butler describe como aquel que exige a cada individuo responsabilizarse de sí mismo precisamente cuando destruye las condiciones que harían posible esa autosuficiencia, y que culpa a quienes fracasan. La «guerrera» es el nombre popular de esa exigencia: la representación, repetida cada mañana, de una autosuficiencia que ningún cuerpo posee, hasta que la sobrecarga parezca natural y el cansancio, un defecto de carácter.

El cálculo de Juliana: la familia es el último recurso cuando nada más funciona

Si para Anthony Downs, autor clásico de la teoría de la elección racional, votar racionalmente significa maximizar el beneficio propio, el voto de Juliana revela una racionalidad ampliada, según las categorías de otro autor igualmente fundamental, Amartya Sen: incorpora la compasión, en la que el bienestar de la familia es inseparable del bienestar individual, y el compromiso, que orienta las decisiones mediante deberes éticos incluso a costa del interés inmediato.

La compasión explica por qué Juliana, que se indigna ante impuestos percibidos como una confiscación sin contrapartida, rechaza la privatización total de la sanidad y la educación. No se trata de estatismo: se trata de no querer poner aún más precio al acceso a la vida. Cuando se pregunta qué significa ayudar a los pobres, aparece la respuesta «inversión masiva en educación»: el Estado como palanca de movilidad social, no como administrador del ciclo de perpetuación de la pobreza.

El compromiso ilumina la moralización de la política, tantas veces confundida con conservadurismo. Cuando Juliana rechaza al político que «roba, pero hace obras», realiza una elección basada en valores, pero también un cálculo: la corrupción desvía el salario indirecto de la familia, los recursos que deberían financiar la salud, la educación y la seguridad. Y la defensa de la familia, tantas veces interpretada como un proyecto reaccionario, funciona aquí como una demanda concreta de protección. Cuando la guardería cierra, es la madre de Juliana quien se queda con el niño; cuando su madre enferma, es Juliana quien cuida de ella. Ante la ausencia de un Estado eficiente, la familia es el último recurso cuando nada más funciona: más un lenguaje de protección que una bandera política.

El Estado ausente y el Estado que humilla: nadie quiere el sello de fracasado

En algún momento del día de Juliana hay una fila. Puede ser la del centro de salud, donde la derivación al especialista tarda tanto que la prueba médica caduca y la obliga a pagar una consulta privada; en los grupos, esta experiencia convierte al Sistema Único de Salud (SUS) en «publicidad engañosa». Puede ser la fila para inscribirse en un programa de ayudas sociales, donde necesita demostrar su propia pobreza, una experiencia tan degradante que algunas participantes admitieron mentir sobre la situación familiar para cumplir los requisitos. En términos de Nancy Fraser, la primera fila representa un fallo de redistribución, porque el servicio no llega; la segunda, un fallo de reconocimiento, porque, para recibir lo que le corresponde, Juliana necesita exhibir su propia miseria y ser tratada como sospechosa. La ayuda que debería restituirle su condición de ciudadana confirma, en cambio, una condición de inferioridad. Al final del día, Juliana no quiere llevar el sello de pobre, que puede interpretarse como un sello de fracaso. Eso la humilla. Y nadie quiere ser humillado.

Las cifras nacionales muestran la magnitud de este escenario: el 86,1 % de los encuestados señala la salud y el 76,7 % la educación como prioridades del gobierno, pero el 53,8 % discrepa de que, en esas áreas, el gobierno acierte más de lo que se equivoca; el 54,5 % demanda seguridad; y el 66 % afirma que el gobierno federal no está presente en su barrio.

Es la paradoja de la dignidad. Juliana no quiere depender de un Estado que la humilla y le roba su tiempo, pero sabe que no puede sobrevivir sin la red de protección que este debería proporcionar. Lo que exige es un Estado con políticas públicas de excelencia y atención universal: que cobre impuestos sin confiscar, atienda sin humillar y proteja sin ejercer tutela. De ahí su relación con la política, en la que los rechazos son más estables que las lealtades. Votó a la izquierda cuando el carrito estaba lleno; escuchó a la derecha cuando le prometieron orden; hoy evalúa a cada candidato por su promesa concreta de resultados.

La seguridad es la variable crítica de ese cálculo, y no puede confundirse con conservadurismo, mucho menos con fascismo. Las participantes relataron situaciones de barrios donde el orden lo imponen las organizaciones criminales y escuelas que pierden alumnos a manos del narcotráfico, que ofrece, paradójicamente, condiciones de supervivencia que el Estado no proporciona. Es una tragedia y debe entenderse como tal. De ahí el clamor por «mano dura», por el fin de los «vacíos legales» e incluso por penas extremas: no como un impulso de barbarie, sino como un grito de auxilio para restaurar el monopolio estatal de la violencia, en el sentido weberiano, frente a un Estado que, en la necropolítica de Achille Mbembe, decide quién puede vivir y quién puede morir. Comprender este mecanismo no significa respaldarlo; significa reconocer el fracaso que lo alimenta. El miedo a que un hijo muera o sea captado por el crimen es racional y legítimo, y constituye un debate del que el campo progresista ya no puede escapar. De los políticos espera verdad y respeto. No quiere bravuconadas. Del Estado espera presencia y dignidad.

Vivir, no solo sobrevivir

«Hoy sobrevivimos, pero lo que necesitamos es vivir».

— Participantes de los grupos focales de mujeres jefas de hogar

La dignidad, para este grupo, significa calidad de vida: trabajar menos y poder «vivir», tener una vida que no se reduzca a trabajar y llegar a casa exhausta. No es una demanda de lujo; es una reivindicación del derecho al tiempo. Juliana no cree que vaya a jubilarse: «quien todavía no se ha jubilado, ya no se jubilará». Lo importante, en el vocabulario de Sen, es que el Estado amplíe sus libertades reales: la posibilidad de elegir la vida que valora, y no solo de mantener a su familia a flote. Es disponer de las capacidades necesarias para ser feliz. Su pragmatismo no es el de quien se conforma con un papel reducido, sino el de quien sabe, por experiencia, que la ausencia y el fracaso del Estado le impiden alcanzar sus propios sueños. Votar por políticas públicas que funcionen, independientemente de que las implemente la izquierda o la derecha, es la forma más racional de recuperar el tiempo y la dignidad que le son arrebatados todos los días.

El Estado que falla en las necesidades más básicas produce humillación; la humillación produce rabia; la rabia alimenta el punitivismo; y el punitivismo abre espacio al discurso de la extrema derecha, que ha sabido dar nombre a ese dolor y traducirlo en orden, carácter y protección. Sin embargo, el reconocimiento sin políticas públicas convierte el sufrimiento en resentimiento, sin modificar las estructuras que lo producen. La disputa democrática por el voto de Juliana no se ganará enseñándole cuáles deberían ser sus intereses, sino cuando la política demuestre, mediante una guardería que cierre más tarde y tenga plazas disponibles, una prueba médica que no caduque, una calle por la que su hijo pueda regresar a casa en paz y un salario que alcance para comprar lo básico, que ha comprendido los intereses que ella ya ha expresado.

Mañana, a las cinco y media, Juliana volverá a salir de casa. Lo que decide en las urnas es la continuación de lo que decide cada mañana: cómo hacer que la vorágine de su vida funcione y cómo ser feliz.

Sobre los autores

Eros Nascimento, nacido en São Paulo (1988), es doctor en Desarrollo Social por la Universidad Estatal de Montes Claros, con investigaciones sobre políticas de seguridad alimentaria y cooperación internacional en América Latina. Posee una maestría y una licenciatura en Administración Pública y Gobierno por la Fundación Getulio Vargas, con especialización en desarrollo local y lucha contra la pobreza. Su trayectoria profesional combina la investigación aplicada y el trabajo en organizaciones internacionales, entre ellas la Misión Diplomática de Estados Unidos en Brasil, la coordinación de estudios comparados en el grupo The Economist, investigaciones en el Instituto Alemán de Investigaciones Económicas y en QCP Consultoria Inteligência em Políticas Públicas e Pesquisas.

Paulo Bracarense, nacido en Curitiba (1957), es licenciado en Estadística, máster en Experimentación Agronómica por la Universidad de São Paulo (USP), máster en Políticas Públicas por la Humboldt-Viadrina School of Governance, en Alemania, y doctor en Ingeniería de Producción por la Universidad Federal de Santa Catarina (UFSC) y la University of South Florida, en Estados Unidos. Fue asesor del ministro de Ciencia y Tecnología, presidente del Consejo Nacional de Fundaciones de Apoyo a la Investigación y secretario de Trabajo y Empleo del Ayuntamiento de Curitiba. Actualmente es secretario de Relaciones Internacionales del Partido Socialista Brasileño (PSB). Es autor de más de veinte libros, entre obras técnicas de estadística y publicaciones relacionadas con cuestiones sociales, económicas y ambientales.

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