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Dos islas y una mesa de bar: cómo piensa y cómo vota la juventud brasileña

Artigos Bolivia Brasil

Por Eros Nascimento y Paulo Bracarense | 2 de octubre de 2026

El nuevo perfil del electorado brasileño

Artículo 3 de 4 sobre el libro El nuevo perfil electoral de Brasil: cómo piensa y cómo vota el brasileño.

 

La mesa de bar

Fue casi por accidente. Un sábado, el bar de la esquina, la mesa de plástico un poco inestable, la cerveza que Gabriel pagó con el dinero que ganó conduciendo para Uber el viernes. Estaban allí los dos y comenzaron a conversar, casi por accidente, casi por destino. Empezaron por el tema equivocado, la «ideología de género» de un video que él había recibido, y la conversación estuvo a punto de terminar allí, en medio de cierta tensión. Pero continuaron hablando entre una cerveza y otra. Ella contó que las metas del centro de atención telefónica habían aumentado, pero su salario no; él contó que la comisión de la tienda no le alcanzaba para pagar el alquiler y que, descontando el combustible, lo que ganaba con Uber era casi nada. Ella habló de su primo, asesinado por la policía a los diecisiete años, en la esquina de abajo; él, de un amigo al que los narcotraficantes se llevaron por error y devolvieron con el rostro marcado. Ella habló del centro de salud que programa consultas para dentro de cuatro meses y de los exámenes médicos que nunca consigue realizarle a su madre; él, del autobús abarrotado que tarda más de una hora en llegar al centro comercial. Ninguno de los dos espera realmente jubilarse. Cada uno piensa en comprar una vivienda propia para criar a los hijos que todavía no tienen. Ambos quieren ganar más, tener un futuro menos incierto, formar una familia y ser felices, y ninguno está precisamente satisfecho con la vida que lleva. No llegaron a hablar de Lula ni de Flávio. No hizo falta.

Gabriel y Helena viven en la misma calle de Capão Redondo, en la zona sur de São Paulo, y desde hace años se saludan en la puerta de sus casas sin conversar prácticamente de nada. Gabriel tiene 23 años, es un joven considerado blanco según los estándares brasileños, tiene novia desde hace algunos meses y vende zapatillas deportivas en una tienda de un centro comercial, con contrato laboral formal, que considera una «prisión» porque paga mal y no ofrece flexibilidad horaria, además de obligarlo a trabajar prácticamente seis días a la semana. A veces conduce para Uber los fines de semana para ahorrar algo de dinero, quizá abrir un negocio, aunque todavía no lo tiene muy claro. Se presentó varias veces al ENEM (Examen Nacional de Enseñanza Media), pero no consiguió ingresar en la carrera que quería, así que, por ahora, sigue adelante como puede. Su familia es evangélica; asiste al culto cuando su madre insiste, no está seguro de lo que cree, pero lleva consigo los valores de su hogar: familia, trabajo duro, mérito, «que cada uno haga lo que quiera, siempre que no venga a molestarme». Cree —o, más bien, está convencido— que todos los políticos son iguales. En octubre votará por Flávio Bolsonaro porque está cansado de más de lo mismo.

Helena tiene 22 años, es una joven de ascendencia racial mixta, entre parda y negra, abiertamente lesbiana, hija de una familia católica que se persigna cuando ella cuenta que fue a un “terreiro de candomblé (templo religioso afrobrasileño)” con una amiga. Estudia Administración por las noches, con una beca del Prouni (Programa Universidad para Todos), y pasa el día trabajando en un centro de atención telefónica, con auriculares en los oídos y metas en la pantalla. Ingresó en la universidad mediante una política de cuotas y no pide disculpas por ello. Sabe, desde su primera entrevista de trabajo, que la meritocracia siempre ha sido una palabra difícil para personas como ella. Votará por Lula, pero sin demasiado entusiasmo, en parte porque fue el Prouni el que le permitió acceder a la universidad y, en parte, por falta de alternativas. Sinceramente, le gustaría tener más opciones políticas. También está un poco cansada de las mismas noticias de siempre; a veces, incluso le parece que la vida transcurre sin propósito. Pero reconoce que el «otro lado» puede amenazar su propia existencia. Sobre el matrimonio entre personas LGBT, las cuotas, el aborto, la «ideología de género» y la policía, Gabriel y Helena prácticamente no están de acuerdo en absolutamente nada.

Lo que ocurrió en aquella mesa está reflejado en los datos de la investigación nacional, de carácter cualitativo y cuantitativo, realizada por la Fundación João Mangabeira (FJM) sobre «Cómo piensa y cómo vota el brasileño», que dio origen al libro El nuevo perfil electoral de Brasil, en el que se basa este artículo. En los resultados que se presentan a continuación, el segmento juvenil corresponde a 864 entrevistados de entre 16 y 35 años.

Actualmente existe entre los jóvenes una división de percepciones que ayuda a explicar por qué Gabriel y Helena piensan de manera tan diferente sobre determinados temas y, a pesar de ello, consiguen conversar cuando se trata de cuestiones tradicionales de clase. Esta división aparece con bastante claridad en las estadísticas del estudio: el 42 % afirma que existe «ideología de género» en las escuelas, mientras que el 41 % lo niega; y el 48 % defiende una mayor libertad de actuación para la policía, frente al 45 % que discrepa. En otros temas, los datos muestran mayorías ajustadas: el 54 % considera que el gobierno comete más errores que aciertos en salud y educación; el 51 % afirma que la política actual no ofrece buenas perspectivas a la juventud; y el 50 % cree que el aumento del salario mínimo mejora la economía. Además, el 42 % no espera llegar a jubilarse, lo que revela una importante inseguridad respecto al futuro.

Sin embargo, la mayor convergencia aparece en los temas que siempre han sido tradicionales para el campo progresista, es decir, la desigualdad, el papel del Estado y el trabajo: el 73 % señala la desigualdad como el principal problema de Brasil; el 66 % afirma que el gobierno federal no está presente en su barrio; y el 65 % valora positivamente a los sindicatos.

Al final, ambos quieren un trabajo que les permita ganar lo suficiente para vivir y tener sueños.

Esto no significa que las reivindicaciones relacionadas con la identidad y las costumbres sean menos legítimas o menos urgentes; para Helena, representan la diferencia entre estar en la universidad y no estarlo. Significa que no constituyen el terreno en el que Gabriel y Helena pueden encontrarse, y que cualquier proyecto político que quiera dirigirse a toda la juventud, y no solamente a la mitad que todavía le pertenece, tendrá que tenerlo en cuenta, aunque, en ocasiones, esa mitad muestre poco entusiasmo.

Los jóvenes quieren la dignidad de la autonomía: un Estado que les proporcione lo que necesitan, pero que no se interponga en el camino de sus microutopías.

Una inflexión, no una conversión

El voto juvenil brasileño nunca ha constituido un bloque homogéneo. En sondeos seleccionados de la recta final de la segunda vuelta electoral entre votantes de 16 a 24 años, Datafolha registró un empate en 2014 (45 % frente a 45 %), una ventaja numérica de Haddad en 2018 (45 % frente a 42 %), aunque dentro del margen de incertidumbre del segmento, y una ventaja de Lula en 2022 (51 % frente a 43 %). Estas eran las cifras de las encuestas de opinión, no los resultados oficiales de las votaciones. Pero sirven para mostrar, a modo de comparación, que, de muchas maneras, la juventud siempre ha estado dividida, con una inclinación muy moderada hacia el campo progresista. Este año, sin embargo, incluso esa ligera inclinación hacia el progresismo parece estar experimentando un cambio de dirección. Una encuesta de Datafolha divulgada el miércoles 1 de septiembre, entre jóvenes de 16 a 24 años, muestra a Flávio Bolsonaro con el 48 % y a Lula con el 45 %, mientras que el 8 % corresponde a votos en blanco, nulos y abstenciones. En la serie comparativa presentada, el candidato de la derecha aparece numéricamente por delante por primera vez entre los jóvenes, aunque la comparación incluye institutos, franjas etarias y diseños muéstrales diferentes.

Entre 2022 y septiembre de 2026, el porcentaje agregado del candidato del PT en los sondeos comparados pasó del 51 % al 45 %, mientras que los votos en blanco, nulos, los indecisos y quienes declararon que no votarían pasaron del 6 % al 8 %. Estos movimientos no permiten identificar transferencias individuales de voto, porque las encuestas pueden haber utilizado muestras y metodologías diferentes a lo largo de los años. Aun así, la variación agregada es compatible con una pérdida de apoyo al campo progresista y un ligero aumento del grupo sin preferencia electoral declarada.

Estos datos pueden matizarse, en parte, a partir de la investigación de la Fundación João Mangabeira. Entre los jóvenes, según los datos, el 80 % afirma que la política es importante, el 72 % considera que la democracia es siempre el mejor régimen, el 66 % cree que los partidos políticos son necesarios y el 54 % quiere que el voto siga siendo obligatorio. Sin embargo, esta valoración de las instituciones convive con un profundo desencanto: el 70,5 % afirma que la política le provoca más rabia que esperanza, el 73,5 % evita hablar del tema para no generar conflictos y el 57 % rara vez o nunca conversa sobre política. Además, un tercio (33 %) no sabe o no quiere decir dónde se sitúa en el espectro ideológico. La misma resistencia aparece cuando se les pregunta sobre grupos políticos específicos: el 17 % no responde si el PT hace más bien que mal y el 16 % adopta la misma postura respecto al bolsonarismo. No se trata de indiferencia, sino del rechazo de quienes no se reconocen en ninguno de los bandos.

La investigación dimensionó esta orfandad política al mostrar que, cuando se les pregunta si la política brasileña actual ofrece buenas perspectivas para la juventud en los próximos años, el 51 % de los jóvenes responde negativamente. Este desaliento también se refleja en la manera en que perciben el país: el 47,5 % cree que Brasil es el país del futuro y el 70 % está total o parcialmente de acuerdo con la afirmación de que siente orgullo por el pueblo brasileño.

La hegemonía sobre esta generación está en disputa, y ninguno de los dos lados ha conseguido imponerse. La derecha habla de empoderamiento sin ofrecer nada material; la izquierda habla de reconocimiento sin cambiar las metas del centro de atención telefónica. En el ámbito de la comunicación, la derecha obtiene más éxito entre la juventud porque transmite un discurso emocional, de identidad y pertenencia, y ofrece narrativas de libertad, trabajo duro y valores familiares que proporcionan una sensación de propósito. Donde la izquierda habla de victimización, la derecha cambia el enfoque hacia el empoderamiento, más seductor para quienes muchas veces se perciben como «luchadores solitarios». Donde la izquierda se expresa a veces de manera institucional, burocrática y académica, la derecha utiliza un lenguaje propio de los memes: videos de pocos segundos, humor, autenticidad «sin filtros», el político que se presenta como influenciador. En medio de todo esto, sin embargo, una parte importante de esta generación simplemente ha renunciado a elegir.

La respuesta no consiste en enseñarle a Gabriel que la CLT (Consolidación de las Leyes del Trabajo) es buena para él, ni en convencer a Helena de que las cuotas son suficientes. Consiste en un proyecto de país que responda, al mismo tiempo, a las necesidades de ambos: un empleo que pague lo suficiente, un transporte que llegue a tiempo, un centro de salud que atienda, una calle por la que se pueda regresar del trabajo por la noche con seguridad. Consiste en tratar la autonomía que Gabriel reivindica no como una ideología enemiga, sino como la forma que ha adoptado la dignidad para quienes crecieron sin promesas, y en tratar el reconocimiento que Helena ha conquistado no como el final de la conversación, sino como su comienzo. En la Utopía de Tomás Moro, la redención era una construcción colectiva y racional, en una isla organizada para el bien común. Hoy, Gabriel y Helena viven cada uno en su propia isla. Es necesario devolverles a ambos las condiciones para soñar con nuevos ideales y sueños colectivos.

Sobre los autores

Eros Nascimento, nacido en São Paulo (1988), es doctor en Desarrollo Social por la Universidad Estatal de Montes Claros, con investigaciones sobre políticas de seguridad alimentaria y cooperación internacional en América Latina. Es máster y licenciado en Administración Pública y Gobierno por la Fundación Getulio Vargas, con especialización en desarrollo local y lucha contra la pobreza. Su trayectoria profesional combina la investigación aplicada y el trabajo en organizaciones internacionales, entre ellas la Misión Diplomática de Estados Unidos en Brasil, la coordinación de estudios comparados en el grupo The Economist, investigaciones en el Instituto de Investigaciones Económicas de Alemania y en QCP Consultoria Inteligência em Políticas Públicas e Pesquisas.

Paulo Bracarense, nacido en Curitiba (1957), es licenciado en Estadística, máster en Experimentación Agronómica por la Universidad de São Paulo (USP), máster en Políticas Públicas por la Humboldt-Viadrina School of Governance, en Alemania, y doctor en Ingeniería de Producción por la Universidad Federal de Santa Catarina (UFSC)/University of South Florida, en Estados Unidos. Fue asesor del ministro de Ciencia y Tecnología, presidente del Consejo Nacional de las Fundaciones de Apoyo a la Investigación y secretario de Trabajo y Empleo del Ayuntamiento de Curitiba. Actualmente es secretario de Relaciones Internacionales del Partido Socialista Brasileño (PSB). Es autor de más de veinte libros, entre obras técnicas de estadística y publicaciones relacionadas con cuestiones sociales, económicas y ambientales.

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