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Putin, a la sombra de Pedro el Grande

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La continuidad histórica del pensamiento estratégico ruso desde el siglo XVIII hasta la actualidad

Fernando Ayala

Pedro el Grande fue nombrado zar a los 10 años y comenzó a gobernar a los 17, en 1689, hasta declararse “emperador de todas las Rusias”, en 1721. A los 25 años se fue a viajar por Europa quedando asombrado por su cultura, refinamiento, desarrollo científico, naval y militar, permaneciendo meses en Holanda. Decidió que había que europeizar a Rusia y acercarla a las grandes capitales. Se enfrentó al imperio sueco para acceder al mar Báltico iniciando en 1703 la construcción de lo que hoy es San Petersburgo. Desde ahí y con una mirada geopolítica de largo plazo, comenzó la construcción de un gran puerto que une hasta hoy a Rusia directamente con Europa occidental.

Como potencia ascendente, Pedro el Grande desafió a los suecos que controlaban el norte de Europa derrotándolos en la batalla de Poltava en 1709, iniciando la expansión que ya había integrado a Siberia, alcanzando el océano Pacífico donde se fundó en 1860 Vladivostok. La dinastía monárquica de más de 300 años se consolidó como una fuerza militar y como una de las grandes potencias europeas generando alianzas temporales o de largo plazo con los principales países para mantener el equilibrio de poder, o detener a Napoleón o apoyar a los grandes imperios. A la vez generó escritores, músicos y científicos que han trascendido en el arte y la literatura.

Pedro el Grande fue sucedido por su esposa Catalina I, con quien no tuvo hijos, pero sí uno de un matrimonio anterior, Pedro II, quien falleció a los 14 años. Entonces fue el turno de su nieto Pedro III, casado con una princesa prusiana quien, a los seis meses de haber asumido, organizó uno de los golpes de estado más célebres en la historia rusa. Tomó el nombre de Catalina la Grande y fue continuadora de la visión estratégica imperial. Sus ejércitos continuaron la expansión conquistando Crimea al imperio otomano en 1783 y accediendo al mar Negro. Su intención era llegar hasta Estambul para tener acceso a los Dardanelos y de ahí al Mediterráneo.

Fueron detenidos por Inglaterra, que se alió con los turcos al ver amenazado su control de los mares. El imperio ruso alcanzó su máxima expansión al incorporar parte de Polonia, Ucrania, Finlandia, Estonia, Letonia, Lituania, Bielorrusia, el Cáucaso y otros territorios, pero comenzó a debilitarse a fines del siglo XIX bajo la dinastía de los Romanov y desaparece con la revolución rusa, de 1917. De 13 millones de kms2 que tenía al inicio del reinado de Pedro el Grande, se extendió a 22.8 millones de kms2.

Poco antes del término de la Primera Guerra Mundial y del tratado de Brest-Litovsk, firmado en marzo de 1918 por instrucciones de Lenin para asegurar la consolidación de la revolución, debió entregar muchos de esos países que declararon su independencia. El mismo año, en noviembre, al término de la Gran Guerra, los bolcheviques declararon nulo el tratado y entraron en la guerra civil hasta 1922, año en que nace oficialmente la Unión Soviética.

A partir del acuerdo entre la URSS y Alemania, en 1939, la política exterior y la fuerza militar de la Unión Soviética comenzó nuevamente la expansión territorial incorporando la parte oriental de Polonia, los tres países Bálticos, más Moldavia, Ucrania y Bielorrusia. En 1945, luego de la rendición alemana y la entrada del Ejército Rojo a Berlín, el destino de Europa oriental ya había sido sellado en febrero de ese año en Yalta, entre Stalin, Roosevelt y Churchill. Los territorios liberados por los soviéticos quedaron bajo su control y Berlín dividido en cuatro zonas al ceder Estados Unidos e Inglaterra, una parte para que ingresara Francia.

Solo la Yugoslavia de Tito, que se había liberado prácticamente sola de los invasores alemanes e italianos, quedó fuera de la influencia de Moscú. Desde Lenin a Gorbachov se turnaron un total de ocho gobernantes en 74 años de dictadura soviética, donde ninguno de ellos cedió territorios o entregó independencia a algunos de los países bajo su órbita. La política del equilibrio de poder con Estados Unidos se aferró al balance del terror nuclear o el peligro de la destrucción mutua, lo que se tradujo en un largo período de estabilidad en Europa, donde la parte occidental gozaba de libertad y crecimiento económico mientras que la oriental debía contener el creciente malestar de su población por la falta de libertad y las precariedades de un desarrollo económico limitado.

Así la extensión territorial gobernada desde el Kremlin alcanzó hasta la disolución de la Unión Soviética en 1991, casi la misma superficie que tuvo el imperio ruso iniciado por Pedro el Grande: 22.4 millones de kilómetros cuadrados, sin contar la influencia que tenía sobre los países del llamado bloque socialista europeo.

La sombra de Pedro el Grande ha estado presente siempre en el concepto de imperio, de extensión territorial, del papel de Rusia en Europa. Ello ocurrió también durante los años del comunismo y sigue vigente en la actual Federación de Rusia. El presidente Vladimir Putin lo señaló claramente al expresar en 2005: «la desaparición de la Unión Soviética fue la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX». Seguramente en su análisis incluía la pérdida de 5.3 millones de kilómetros cuadrados que la redujo a la actual superficie de 17.1, es decir, el 24% menos. También se redujo la población que tenía en 1991 de casi 300 millones a la actual, de 150 millones de habitantes.

Alrededor de 25 millones de rusos étnicos y cerca de 90 millones de ruso hablantes quedaron fuera de las fronteras actuales de Rusia. En todo caso continúa siendo el país más grande del mundo y el más poblado de Europa. Desde el punto de vista geopolítico, la Federación de Rusia perdió la seguridad de su frontera occidental, su conexión territorial y marítima al entregar Ucrania, incluyendo la península de Crimea. La desaparición de la Unión Soviética, la unificación de Alemania, el cambio e inestabilidad del sistema político junto a la crisis económica producto de las transformaciones, generaron el debilitamiento del estado ruso, la pérdida de su condición de segunda potencia a nivel mundial, una crisis económica y social, corrupción y un desánimo generalizado en su población.

La década que gobernó Boris Yeltsin fue aprovechada por Estados Unidos para expandir sus bases militares hacia el este, pese al compromiso de no hacerlo, como lo señalaron Henry Kissinger y George Kennan, entre varios otros, dado que no se respetaría el interés nacional ruso y acrecentaría el peligro de nuevas guerras. La historia, las tradiciones, la cultura y el orgullo nacional pesan en las sociedades y eso fue bien interpretado por el actual mandatario Vladimir Putin, quien ya sea como primer ministro o presidente, gobierna desde 1999. Su visión de la grandeza y el papel que le corresponde a Rusia en Europa es la continuación de una visión de política exterior iniciada en el siglo XVIII, asociada a la seguridad de sus fronteras y al papel de Rusia.

Ello fue confirmado con la invasión a Crimea y la posterior guerra de conquista con Ucrania. Desde el punto de vista del derecho internacional es una clara violación de la carta de Naciones Unidas, hecho que otras potencias tampoco han respetado y que vemos cada día como no se cumplen los tratados y se atacan países en el Medio Oriente fuera del marco legal establecido por el Consejo de Seguridad. Sin embargo, si se busca una explicación política, el tema es más complejo. Estados Unidos estuvo a punto de ir a una tercera guerra mundial cuando la Unión Soviética pretendió instalar misiles nucleares en Cuba, en 1962, lo que constituía una amenaza directa a su seguridad.

La intención del gobierno de Ucrania de ingresar a la OTAN y llevar bases militares a las fronteras de Rusia, es también una de las causas de la actual situación que ha dejado miles de vidas, destrucción, crecimiento del gasto militar y mayor inseguridad para todos los países europeos sin que se vislumbre un final que deje satisfechos a todos. Rusia continuará siendo una potencia en Europa, debilitada seguramente por las sanciones y la guerra en curso, pero con Estados Unidos son las principales potencias nucleares. Al igual que lo hicieron zares y emperadores, Moscú ha buscado alianzas basadas en intereses comunes como lo ha hecho hoy con China y otros países aliados.

Alejandro III, para sellar la alianza franco-rusa en 1894, y para recordar que no hay enemigos ni amigos permanentes, se unieron para frenar a Prusia, al imperio austrohúngaro e Italia, conocidos como la Triple Alianza. Financió el puente que lleva su nombre, que cruza el río Sena y que une a los Inválidos, tumba de Napoleón, con los Campos Elíseos, donde se encuentran el Grand y Petit Palais, considerado uno de los más bellos de la capital francesa.

Fernando Ayala

Exembajador, economista de la Universidad de Zagreb, Croacia, y Máster en Ciencia Política de la Universidad Católica de Chile. Exsubdirector de Asuntos Estratégicos de la Universidad de Chile, Exsubsecretario de Defensa y actual profesor adjunto en el Instituto de Ciencia Política de la Universidad Católica, en Santiago de Chile. Autor de la novela Zavasabel, Ed. Renacimiento, España 2025.

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